Me gustaría comenzar esta historia hablando sobre mi padre como lo hizo el hijo de Michael Sullivan en Road to Perdition, pero mi papá no tiene ninguno de los defectos y virtudes del gangster de la película. Tampoco nos pasamos varias semanas asaltando bancos y siendo perseguidos por un excéntrico asesino profesional. No, mi padre y yo no éramos como Michael e hijo. Así que iniciaré relatando que estábamos en la década de los ochenta y vivíamos en una pequeña casa parte atrás, compartiendo el patio con otras casas de familia que vivían tan apretujadas como nosotros. Mi familia estaba conformada por el viejo, la doña y mis hermanos mayores; Ángela y Arcángel.
En
El viejo era reincidente en tener aventuras con mujeres de la calle. A muchas le negaba el estar casado para llevar a cavo sus fines, que era el de acostase con la popola de turno. A otras no las pudo engañar por mucho tiempo, pero aun así fueron victimas del ripio caliente de mi papá. Algunas se cansaban rápido de él y hasta llegaron a llamar a mi madre para que lo fuera a sacar de sus casas cuando el don las molestaba, muerto de un jumo de media noche.
Mi mamá le aguantó toda su vaina hasta que una madrugada lo fue a buscar a la barra donde él se metía, y se encontró con que el cuero con que él le pegaba los cuernos en esos momentos no se lo quería entregar, supuestamente porque Virgilio Libertad era su hombre y mi mamá no sabía satisfacer a un macho como mi papá. El viejo, en vez de levantarse de la mesa e irse con su mujer, se puso de macho bruto y la mandó para la casa a que lo esperara allá porque él todavía no se quería ir del local. La doña miró de arriba abajo al cuerillín que estaba con papá y le dijo que si lo quería tanto, podía quedarse con esa poca cosa.
Esa fue la última vez que Ramona salió a buscar al viejo porque al día siguiente la mujer que no sabía satisfacer al macho, sacó de la casa a don Virgilio. Lo votó como a un perro.
Pasaron varias semanas que no supimos nada de nuestro papá, hasta que un día apareció con una bandeja de pan de batata que había conseguido con un amigo que las vendía. Saludé a mi padre con mucha alegría pues estaba muy contento de verlo otra vez. Me hizo cosquillas con su barba de varios días cuando me abrazó. Mi mamá lo trató con diplomacia e interés por saber donde se había metido esas ultimas semanas, no porque lo echara de menos, pues ella lo esperaba para que le diera el dinero de nuestra manutención. El sueldo de mi mamá no daba para mantenernos y don Virgilio no estaba cooperando para que nosotros pudiéramos bajarnos el lodo de todos los días, o mejor dicho, para que podamos subsistir debidamente.
Yo los dejé hablando del asunto sin darle importancia, pues aunque no lo crean, en la primera mitad de la década de los ochentas a los niños de siete años como yo lo era en ese entonces, aun no les llamaba la atención el dinero. No estábamos frente al televisor atentos a las noticias sobre